lunes, 17 de junio de 2013

Ojo con los manipuladores desalmados...


La malicia es empática pero no es compasiva: ojo con los manipuladores desalmados.

En una excelente conferencia de Adela Cortina, en las jornadas coruñesas de las comisiones deontológicas de los Colegios de Médicos, se suscitó el debate sobre compasión, sensiblería y empatía, que siguió en el pasillo entre algunos asistentes. Esta reflexión parte de aquellas.

Podríamos decir que la función más básica es la empatía; su formulación tiene evocaciones más emocionales que cognitivas, pero la distinción es menor: nuestro equipamiento cerebral trae de serie un aparato que resuena con las emociones de los demás, y que resulta muy útil para anticipar su comportamiento. Su significado estaría próximo a la imitación, y permitiría el aprendizaje y el ajuste del comportamiento al medio social. Sin empatía podemos tener muy buena gente pero muy fuera de la realidad: los famosos cuadros de “síndrome de Asperger”, que escenifica la antropóloga forense de la serie Bones, serían incapaces de captar los matices semánticos, bromistas e irónicos de los demás.

Lo contrario de la frialdad empática sería la “sensiblería”: algunas personas se emocionan de forma exagerada con las alegrías o tristezas exteriores, incluso cuando son eventos lejanos o cuando están fuera del alcance de la acción inmediata de ellas. La sensiblería sería como una ola inmediata que se va o cambia de tema rápidamente. En cierta forma sintoniza con lo noticiable de los medios de comunicación.

Ahora entraríamos en la compasión; “padecer con el otro” supone empatía, pero va mucho más allá; y según Adela Cortina, exige un cierto grado de proximidad y compromiso. Si los eventos son lejanos e inaccesibles, la compasión no podría tomar cuerpo. El profesional la necesita para poner su saber al servicio de su paciente. De ahí la importancia crítica de cultivar esta disposición y sentimiento. Una excesiva empatía, sin embargo, dificultaría la acción clínica: mantener la distancia terapéutica exige una cierta separación emocional. Por lo tanto, la excelencia en el arte de atender pacientes supone cultivar la compasión y contener la empatía “sensiblera”.

Ahora toca hablar de los malos. Los psicópatas, por ejemplo, son capaces de dañar a otros sin padecer ellos mismos. Su falta de compasión no implica carencia del aparato cognitivo de la empatía: pueden ser grandes manipuladores y seductores, al modo en el que los actores pueden interpretar papeles. Nos resulta extraño moralmente, pero un torturador es capaz de saber lo que más duele o humilla para proceder en su inhumana práctica.

En un plano menos dramático, cuando un individuo cultiva el cinismo y la coacción moral, puede acabar desensibilizándose para seguir captando con empatía su exterior, pero anestesiar su capacidad de padecer con el otro.

Pero, la forma más sencilla de proceder para esta anestesia, es considerar que “el otro” no pertenece a la misma categoría humana que uno mismo. Cuando se puede deshumanizar a los maltratados se abre un fácil cortocircuito moral para ejercer conductas perversas sin recibir el castigo que infringiría la propia conciencia. Mucha gente “normal” que colaboró activamente con el exterminio de los judíos en el régimen nazi, atravesaron la barrera del genocidio gracias a la xenofobia. Por eso las conductas racistas y xenófobas son tan peligrosas.

Y estas miserias no están sólo en el alma de los marcados por Caín; por eso debemos trabajar nuestro compromiso activo con todos los seres humanos. La virtud hay que ejercitarla. Michael Connely creó un detective (Harry Bosch) que tenía una frase para explicar su altísimo nivel de implicación con los desheredados: “si alguien no importa, nadie importa” (everybody counts or nobody counts).

Pues eso: todos importan. Compasión y profesionalismo.

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