domingo, 15 de febrero de 2015

Los problemas de gobernar sin desviarse ni corromperse: ¿se puede salir vivo del intento?


Todo el que haya ido a una reunión de vecinos sabe de la dificultad que entraña consensuar los problemas, y mucho más acordar soluciones.

Los humanos somos seres sociales de muy imperfecta socialización. Muchas cosas deben decidirse colectivamente, pues rebasan la esfera de las decisiones particulares; y cuando esto ocurre queda en evidencia tanto la enorme "biodiversidad" de las personas (diferencias en talento, gustos, preferencias, visiones, afinidades...) como las inevitables fricciones entre individuos ante cualquier decisión que afecta a todos.

Estas fricciones o incluso choques, se pueden deber a que lo que beneficia a unos, perjudica a otros (win-lose), como también porque los costes de una acción y sus beneficios no se reparten de forma homogénea.

A esto se añaden suspicacias tan irracionales como omnipresentes: recuerdo que un presidente de mi comunidad de vecinos, recién nombrado por sorteo, expresó por cortesía que intentaría hacerlo lo mejor posible, y le saltó el presidente anterior recriminándole por afear su anterior mandato: "estás insinuando que yo lo he hecho mal?"

El material humano es éste; y por ello la función de gobierno (como la de educar niños) puede llegar a ser desesperante e ingrata. Este es un primer problema: si la tarea es ardua debería estar socialmente facilitada, prestigiada y recompensada para que pudiera atraer a un amplio elenco de personas (talentos y sensibilidades diversos que enriquezcan las decisiones colectivas).

En los viejos tiempos no había mucho problema: reyes y caudillos asumían el poder gracias al ejercicio de la violencia (heredada o renovada); y en torno suyo cristalizaba una corte cooptada que acompañaba las decisiones de gobierno, actuando como élite extractiva. 

En el ocaso del "ancien regime" del absolutismo, la revolución francesa con el impulso de la nueva burguesía urbana impulsa modelos nuevos de participación en torno a la idea de soberanía popular. Las luchas obreras desde el siglo XIX introducen sindicatos y partidos políticos de izquierda (primero revolucionaria y luego socialdemocrática) que intentan alterar el modelo anterior en beneficio de los más desposeídos.

Decían los anarquistas que el poder es corrosivo (Bakunin: "Ejercer el poder corrompe, someterse al poder degrada"); además, el poder económico se va retirando a un segundo plano, articulando diversos mecanismos para influir en las decisiones democráticas; este poder en la sombra se agiganta con la globalización, y pasa a anidar en grandes corporaciones transnacionales que pueden arruinar a países, comprar medios de comunicación y destrozar gobiernos. La falta de un poder mundial lleva a que el capitalismo de casino y los movimientos especulativos acaben alterando el funcionamiento general de la  economía y casi todos pierdan (lose-lose), aunque algunos lobos puedan salirse con la suya.

El pueblo reacciona cuestionando las instituciones y el juego político cuando el escenario se torna adverso: ocurre que cuando una amplia mayoría de las clases medias participa de las migajas de los "pelotazos" se suele jalear a los políticos que han traído el maná a corto plazo...; pero cuando llegan las vacas flacas surge la impugnación y el "no nos representan"; y si además se empiezan a conocer y exhibir las desmesuras, ilegalidades y robos de la etapa anterior, el cuestionamiento de políticos y responsables institucionales se hace universal y ciego. Y se generaliza el clamor por llenar de controles la plaza pública, desproveer a los políticos de ventajas y privilegios, y exigir que cualquier imputación (investigación) lleve a su separación de los cargos.

¿Qué personas van a querer participar en una actividad degradada, bajo sospecha, y con márgenes de actuación ridículos para enfrentar problemas complejos y controvertidos?; además, en época de vacas flacas, ¿cómo evitar mensajes demagógicos y sin embargo ganar unas elecciones? Churchil se atrevió a prometer en mayo de 1940 un programa de gobierno consistente en " Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor" (blood, toil, tears and sweat). ¿Alguien se atrevería ahora?

Aquí lo habitual es prometer medio millón de puestos de trabajo, escuelas, hospitales y subsidios antes de las elecciones, para decir al día siguiente de alcanzar el gobierno que las cuentas públicas y la economía están mucho peor de lo imaginado, y que hay que trazar un nuevo programa de austeridad...

Mi abuela Sofía de Sahagún, que en su infancia escuchó algún mitin a Pablo Iglesias (el fundador del PSOE y la UGT), me cantaba esta canción...
Cuando son las elecciones / nos ofrecen las escuelas / y un nuevo pozo artesiano/ en medio de la plazuela. / Las escuelas no se hacen/ y el nuevo pozo tampoco / siempre vienen engañando/ cuando nos piden el voto...

Nos encontramos pues en una encrucijada; renegamos de la política y exigimos caras nuevas, siglas nuevas, e historiales intachables. Y programas de gobierno que no engañen y que sean capaces de abrir un futuro colectivo para todos.

El problema no está en la exigencia; está en las personas e instituciones reales con las que contamos. Por ejemplo, los partidos políticos... aunque les llamemos de otra forma, son estructuras caras y pesadas; susceptibles de manipulación; hay que financiarlas y hacerlas funcionar; y hay que poner en marcha procesos internos de decisión que no pueden dejar satisfechos a todos (como en una comunidad de vecinos).

Los nuevos políticos no son ángeles o elfos que caen del cielo o de la montaña. Son (como todos) frágiles individuos que han tenido que sobrevivir en una sociedad poco meritocrática y basada en el clientelismo y las redes familiares y de amistad. Lo sabe cualquier joven que busca empleo y mira el currículum como una pérdida de tiempo.

Por eso es tan fácil tirar del hilo con poco que se investigue y encontrar trampas de superviviente que pueden agrandarse y presentarse como una "nueva casta". Y a eso se han dedicado sin duda en este año...

Eso no significa que no sean "pecados", pero la milenaria iglesia ya distinguía entre veniales y mortales. No puede ser lo mismo la financiación de más de dos décadas del PP, que la de un programa de radio, por mucho que en éste se hubiera atraído de forma irregular o ilegal algunos fondos extranjeros. No puede ser lo mismo el mangoneo de contratos municipales para dar trabajo a gente conocida, que los falsos encargos de trabajos que por muchos millones nunca tuvieron contraprestación alguna. Y no puede ser lo mismo trampear con una beca fuera del lugar donde debería hacerla el investigador, a llevarse sumas inimaginables de dinero a paraísos fiscales con un click de ordenador.

Pecados veniales y mortales. Pero los primeros no dejan de ser pecados. Y valorados en sus justos términos deben dar lugar a medidas de corrección.

Creo que el debate debe reorientarse. Plantear más énfasis en las reglas de gobierno que promueven  una gestión eficaz y minimizan la posibilidad de desviación del interés general.
Rendición de cuentas + trasparencia + participación + inteligencia + honestidad. Las cinco grandes variables de los principios de Buen Gobierno.

Y una coalición política que pueda plantar cara a los poderosos, para restaurar el interés general. Una coalición que sea consistente con los valores de justicia e igualdad ante la ley, aunque duelan: porque no sólo los poderosos se aprovechan del statu quo... todos y cada uno de nosotros gozamos de privilegios que no estamos dispuestos fácilmente a ceder por bien de la colectividad.


Mucha tarea; en buena medida la que le corresponde a la siguiente generación. Espero que por el bien de todos que la joven generación pueda ser más íntegra, ejemplar y efectiva que la que hoy se está eclipsando sin haber sabido reaccionar ni regenerarse. 

2 comentarios:

  1. En todo de acuerdo, pero me asalta una duda. Cuando hablas de una coalición política no te referiras al PPSOE, verdad?

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  2. Cuando el objetivo de una coalición es protegerse de la zorra, las gallinas no deberían incluirla por mero sentido común...

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